La lectura es y será siempre una de mis grandes aficiones. Aunque he pasado épocas en las que por falta de tiempo o disponibilidad me ha sido imposible buscar un libro con el que engancharme, siempre he procurado dejar hueco para un buen libro en la mochila o en la mesilla de noche (más bien la estantería, porque lo que es mesilla no tengo).
Dejando a un lado el placer que es enfrascarse en una historia absorbente con personajes bien desarrollados que cautiva al lector desde la primera página, el lugar en el que se ejerce la lectura también es importante, tanto por la comodidad que pueda ofrecernos para poder estar leyendo más de media hora fácilmente, como por la ausencia de distracciones u otros elementos que hagan que la concentración en la lectura se evapore rápidamente. Supongo que por esto último el lugar que me es más agradable para leer es la cama, y creo que no solamente para mí. Esas noches que el sueño no se deja coger son las mejores para una buena (y larga) sesión de lectura. Hay noches en las que he alcanzado las 140 páginas sin caer aún en la almohada. O sencillamente leer unas pocas páginas antes de acostarse puede suponer una más que satisfactoria sesión. Sobre todo ahora, que cuento con una lamparita de estas que se enganchan al libro y enfoca luz gris sobre las letras, idónea para leer, que me trajeron los más que acertados Reyes Magos.
Además de la cama, dentro de casa hay otros lugares para leer que resultan también igualmente agradables. Si contamos con un sofá blando, cómodo, de los que incitan a tumbarse, una manta y un libro son unos perfectos compañeros para dejar pasar una tarde lluviosa. Ni qué decir tiene que el libro está restringido únicamente a estas estancias de la casa donde se dispone de un mínimo de tranquilidad y que, por supuesto, no entran en el baño, a nada. Para el baño, revista rápida de hojear y ojear y ya, nada de poner en peligro la integridad física de un libro.
El hecho, o más bien obligación, de tener que viajar diariamente durante toda mi vida, antes el colegio, ahora la facultad, aporta varias horas diarias de autobús, metro o tren. En particular, en el metro aprovecho para leer porque no hay por las ventanas ningún paisaje nuevo que observar, simplemente esperar pacientemente a llegar a la estación donde tengo que bajarme. Al contrario, el bus y el tren es otra cosa. En ellos muchas veces me apetece ver la ciudad, quedarme embobado con el paisaje sin mirar a nada en concreto, tan solo sintiendo la luz que se cuela por los ventanales. Otras veces, la mayoría, me dedico a la novela que esté leyendo actualmente. El transporte público, siempre que no se encuentre excesivamente lleno, es un lugar perfecto para practicar la lectura, siempre y cuando tengamos controlada en qué parada tenemos que bajarnos que me sé de más de uno que…
Cuando digo transporte público me estoy refiriendo a todo tipo de transporte, incluyendo tren de larga distancia o aviones. Estos últimos aún no los he probado pero estoy seguro que son también un buen lugar en el que dedicar una larga sesión de lectura a nuestro libro.
Igual que mis libros no pasan del umbral de la puerta del baño tampoco pisan la playa. O en su defecto, piscina. Esta última solamente si se encuentran en la zona de césped y bien alejados de lo que viene siendo la zona húmeda. Pero la playa no la pisan ni en broma. La humedad transportada continuamente por el agua del mar y la arena que flota en forma de polvo permanentemente en el aire son capaces de afectar seriamente la calidad del papel de un libro en no más de dos sesiones de baño. El papel de las revistas está muy bien para este tipo de clima, pero no el de los libros. Cuando veo a alguien que se ha bajado un libro encuadernado en rústica a la playa grito de horror, igual que cuando veo un libro boca abajo sobre una mesa doblándosele el canto. Qué manera de tratar los libros, no son simples objetos de entretenimiento.
Cuando la lectura te absorbe, la calle se convierte automáticamente en un buen escenario para no desconectar de la misma. Siempre que seas capaz de ir andando por una ciudad y contar con un sexto, o incluso séptimo, sentido. Más de una vez he levantado justo la cabeza del libro cuando tenía una farola a menos de quince centímetros. No sé cómo, tal vez mi sentido arácnido, pero es algo automático ya en mí.
También otro lugar en el que he leído en alguna que otra ocasión es en clase. Una clase aburrida, o que ya controlas, con un profesor cuyo tono de voz algo más que uniforme podría adormecer a una tropa de mosquitos trompeteros es una excusa para liberar de la prisión de la mochila a ese libro que está esperando a que llegues al autobús de vuelta para ser leído.
De todos los lugares que he mencionado mi favorito siempre ha sido, y dudo que llegue a cambiar algún día, la cama. Noche, edredón gordo, calor. Una fusión perfecta para dedicarte un tiempo a ti mismo pasando las hojas de un libro.
Me dejo en el tintero muchos lugares donde leer porque o no los he utilizado o lo he hecho rara vez. Por ejemplo en el parque en un banco perdido, en el auditorio de Fnac, en la cola de alguna taquilla, etc.
Y vosotros ¿dónde preferís practicar el sano placer de la lectura?


