Se habían conocido dos navidades antes. Él, asustado y nervioso, esperaba a verla aparecer tras la esquina. Ella, sonriente y animada, llegaba acorralada por el frío en su cazadora negra. No fue necesario ningún ademán, ningún atisbo de algo que viniera a continuación. En seguida vio que ella era diferente, distinta. Traía consigo algo especial, algo que la hacía única. No sabría expresar si era su forma de caminar, sus ojos, su sonrisa o su forma de ser. Pero de algún modo, comprendió que en ella había algo que todavía no había encontrado en otra persona.

Dos meses después, una fría calle de Madrid se convertía en testigo de cómo ella le devolvía aquel primer e inevitable beso. La misma calle por la que paseaban en una ya lejana noche de diciembre.

Ahora, dos veranos más tarde, en mitad de un jardín atestado de pacientes invitados, ella hacía bailar su vestido azul como solamente pueden hacer las chicas que se saben más guapas que la novia. Se sentía feliz, estaba radiante, y su sonrisa la delataba. Él, sin embargo, no podía hacer más que admirarla.

Unos minutos más tarde, sin poder dejar de mirarla, se imaginó a una niña pequeña con esa misma sonrisa, se agachó a su lado y ella le preguntó: ¿qué?

En ese momento, y ella también lo sabía, se dio cuenta de que sería suyo para siempre.